posted Nov 28, 2011 - 3:51:59pm
Sería ideal que mantuviéramos el espíritu navideño no sólo en diciembre, sino a lo largo del año. La vida sería más un viaje que una lucha.
Y es que la Navidad parece que nos sensibiliza y nos hace despertar lo noble que tenemos los humanos. La tolerancia fluye como un rio apacible, perdonamos para limpiar las culpas. Hacemos votos de humildad. Juramos amor eterno.
Nos reconciliamos con el adversario. Nos concientizamos de la importancia de estar sanos. Prometemos bajar de peso. Mejoramos las relaciones con la suegra, con el ex, con el vecino insoportable.
Dejamos el orgullo y hacemos la llamada que nunca hicimos. Queremos compartir nuestro metro cuadrado, aquel que hemos celosamente vigilado. Pensamos en el bienestar del vecino de al lado, aquel que, tal vez, ni siquiera su nombre sabemos.
¡Todo se llena de magia! Nuestra actitud mejora, vemos el lado positivo de la vida. Nos acercamos a Dios, aquel que jamás nos ha abandonado y que, a pesar de nuestra indiferencia de todo el año, sigue amándonos incondicionalmente.
Aparecen los recuerdos, la nostalgia nos aborda, y deseamos con el alma, estar también con los nuestros, sobre todo si están en una lejana patria. Algunos podrán cumplir el sueño de ver de nuevo aquellos viejos afectos, que recuerdan y que añoran. Otros seguirán deseando volver a verlos en vida, y que la muerte no aceche y les robe esa alegría.
Y es que en diciembre se ríe, pero también muchos lloran, por la lejanía, por los hijos que se aman, por los padres, por los recuerdos de otrora.
Y a pesar de la tristeza y los recuerdos que afloran, siempre existirá una luz en medio de la penumbra. Porque la vida es un viaje, con tristezas y alegrías, y pese a la adversidad o la bienaventura, en realidad sólo somos unos simples caminantes y, en la escuela de vida, nos falta aprender bastante.
La autora es psicopedagoga y conferencista. Puede comunicarse al correo blancazdd@yahoo.com
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